L’Acadèmia d’Estudis Maçònics del Supremo Consejo del Grado 33º y Último del Rito Escocés Antiguo y Aceptado para España va celebrar el passat 21 de maig de 2026 el solemne acte d’ingrés de Joan-Josep Duran Miró com a Acadèmic Corresponent de la institució.
L’acte acadèmic, desenvolupat en format telemàtic amb convocatòria internacional mitjançant la plataforma Zoom, va estar presidit pel Molt Il·lustre i Honorable President de l’Acadèmia, Dr. Jesús Soriano Carrillo, i va comptar amb la participació del Rector de l’Acadèmia, Prof. Dr. Alberto Requena Rodríguez, així com del Secretari, Dr. Luis Gómez-Ojero.
Durant la sessió solemne, Joan-Josep Duran Miró va pronunciar el seu discurs d’ingrés sota el títol “El simbolismo de la palabra perdida”, una reflexió dedicada al valor simbòlic, filosòfic i iniciàtic d’un dels conceptes centrals de la tradició maçònica i del Ritu Escocès Antic i Acceptat.
La contestació acadèmica va anar a càrrec de l’Acadèmic Numerari Honorable Dr. José Antonio Rodríguez Manfredi, en un acte que va reunir membres de l’Acadèmia i representants maçònics vinculats al Supremo Consejo del Grado 33º para España.
L’Acadèmia d’Estudis Maçònics constitueix un espai dedicat a la investigació, difusió i aprofundiment dels estudis simbòlics, històrics i filosòfics relacionats amb la tradició maçònica, reunint acadèmics, investigadors i membres destacats del Ritu Escocès Antic i Acceptat.
DISCURS D'INGRÈS
Muy Ilustre y Honorable Presidente de la Academia
Honorable y eminente Rector
Honorables miembros de la Academia
Venerables Hermanos
Señoras y Señores
Es para mí un honor comparecer hoy ante ustedes para formalizar mi ingreso en la Academia de Estudios Masónico, institución que aúna la investigación, la divulgación y el compromiso con la tradición simbólica de la Francmasonería. En particular con el Rito Escocés Antiguo y Aceptado que profeso desde hace 20 años y que tanto ha contribuido al desarrollo de mi formación intelectual, ética y espiritual.
La lectura que voy a pronunciar a continuación sobre la Palabra Perdida es fruto de esta formación iniciática, puesto que su evocación, como se expondrá a continuación, alude a la búsqueda del conocimiento, al perfeccionamiento del individuo como fundamento del orden social y finalmente a la plenitud de la persona en todas sus dimensiones, es decir, a la plenitud del Ser.
EL SIMBOLISMO DE LA PALABRA PERDIDA
El concepto de la Palabra Perdida ocupa un lugar central en la simbología masónica y en los estudios iniciáticos. Según René Guénon, esta idea expresa un proceso universal presente en casi todas las tradiciones, ya que alude, bajo diversas formas, a la pérdida de un estado primordial de comunión con el principio trascendente. La desaparición progresiva de ese conocimiento originario se manifiesta como un oscurecimiento espiritual que caracteriza las fases históricas del devenir humano.
Henry Corbin, por su parte, subraya que este drama de la Palabra Perdida es compartido por las tres religiones abrahámicas, en tanto el Verbo revelado posee un sentido interior que da vida y que, cuando se olvida o se reduce al nivel de comprensión literal, se convierte en letra muerta, perdiendo su poder transformador. Así, la incapacidad de acceder al significado profundo del Logos constituye la verdadera pérdida de la Palabra, que no es sólo un acontecimiento histórico, sino una mutilación espiritual.
Finalmente, Albert Pike prolonga esta misma línea de interpretación al sostener que la Palabra Perdida no es simplemente un término extraviado en un momento histórico, sino el símbolo de un conocimiento espiritual profundo sobre la verdadera naturaleza y los atributos del Ser Supremo. Igual que Guénon señala que su pérdida implica el alejamiento del estado primordial, Pike subraya que este saber ha estado siempre reservado a un círculo restringido de iniciados y que, aunque sus formas externas —los nombres, ritos y grados— hayan variado a lo largo de los siglos, su esencia permanece idéntica.
Para Albert Pike este conocimiento, transmitido bajo múltiples símbolos y denominaciones, no puede ser expresado de manera completa por ningún lenguaje humano. En este sentido, coincide con Corbin en que la auténtica comprensión del Verbo o de la Palabra requiere ir más allá de la mera literalidad, para acceder a un nivel interior y transformador. Así, la Masonería conserva este conocimiento esencial como el corazón de su tradición espiritual. El objetivo final del camino masónico es que cada iniciado pueda reencontrar esa verdad interior, que da sentido profundo a su vida y lo ayuda a realizarse plenamente como ser humano.
Albert G. Mackey, uno de los principales eruditos de la simbología masónica, dedica varias entradas de su Enciclopedia de la Francmasonería a explicar la naturaleza de la Palabra Perdida y su relación con el Tetragrámaton, el Nombre Inefable de Dios. Para Mackey, conocer esta Palabra equivale a poseer el entendimiento de la verdadera esencia y naturaleza del Gran Arquitecto del Universo. Como él mismo afirma en su enciclopedia: “En la masonería, al igual que en los misterios hebreos, bajo las distintas denominaciones de la Palabra, la Verdadera Palabra o la Palabra Perdida, se encuentra el símbolo del conocimiento de la Verdad Divina o de la auténtica naturaleza de Dios.”
Para Albert Mackey, que durante varios años, ocupo el cargo de Secretario General de la Jurisdicción Sur de EE.UU. del Supremo Consejo del R.E.A.A., la masonería es la ciencia que tiene por objeto buscar la verdad divina. Por tanto la Palabra es el símbolo de esta verdad, y todas sus modificaciones, perdida, substituida o recuperada, no son sino variantes de su búsqueda. (Mackey, 2014).
Los Altos Grados del Rito Escocés Antiguo y Aceptado no constituyen simplemente una prolongación de los tres grados de la masonería simbólica, sino que aportan una dimensión más profunda a la comprensión y aplicación de los principios sapienciales. Cada grado filosófico se centra en temas específicos que transmiten enseñanzas más crípticas y complejas, vinculadas en última instancia con la transformación personal y colectiva del iniciado.
Es en el tercer grado de la masonería simbólica donde se introduce el concepto de la Palabra Perdida, puesto que, según todos los antiguos rituales, la Palabra de Maestro era comunicada conjuntamente por Salomón, rey de Israel; Hiram, rey de Tiro; e Hiram Abif, el Maestro Arquitecto. Tras la muerte de este último, dicha Palabra quedó, por consiguiente, considerada como “perdida”, dado que ninguno de los dos restantes poseía la facultad de transmitirla por sí solo.
Es en los Altos Grados del Rito Escocés Antiguo y Aceptado donde el iniciado puede comenzar a desvelar de manera más sistemática el simbolismo de la Palabra Perdida, ya que el acceso a estas etapas superiores permite aproximarse a un corpus doctrinal más complejo y a un simbolismo más hermético, cuya asimilación resulta esencial para restituir su dimensión esotérica y comprender su función en el proceso de reintegración de la Verdad primordial.
En el ritual de apertura del grado 18º, el Muy Sabio Maestro formula la pregunta:
—Excelente y Perfecto Hermano Segundo Vigilante, ¿cuál es el propósito de nuestra reunión en capítulo?
A lo que el Segundo Vigilante responde:
—Buscar la Palabra Perdida.
Acto seguido, el Muy Sabio Maestro proclama solemnemente:
—Puesto que la Palabra se perdió y nos proponemos emprender su búsqueda, consagraremos nuestros esfuerzos a recuperarla y a liberar a la masonería de la aflicción que la oprime.
Esta declaración reviste un sentido fundacional, pues expresa con claridad que la búsqueda de la Palabra Perdida constituye el propósito último de los Altos Grados y la razón de ser de la vía iniciática que se despliega a partir del grado de Maestro.
Ese itinerario comienza simbólicamente en el grado 4º, Maestro Secreto, en el que el iniciado accede por primera vez al conocimiento de la Palabra Perdida al contemplarla inscrita en el Delta radiante del Sancta Sanctorum. En esta etapa se le instruye que su verdadera pronunciación permanece velada a los profanos, pero, como se enseña en los grados 13º y 14º, puede ser revelada a quienes cultivan sus virtudes y perseveran en el cumplimiento de sus deberes.
Tras exponer esta aproximación a la dimensión simbólica de la Palabra Perdida en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, resulta pertinente situar este concepto en el marco de la exégesis cabalística. La cábala hebrea aporta una interpretación doctrinal que profundiza en su significado último, al relacionarla con la naturaleza del Tetragrama Sagrado, el proceso de emanación divina y la restitución de la Unidad primordial. Tal como se ha citado anteriormente, en palabras de Albert G. Mackey, conocer esta Palabra equivale a poseer la comprensión de la verdadera esencia y naturaleza del Gran Arquitecto del Universo, y por tanto, a dar respuesta a las eternas preguntas sobre quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos.
En la cábala el Nombre de Dios ha sido concebido como una expresión sagrada que contiene aspectos esenciales de la relación entre lo divino y el mundo. Esta comprensión se remonta a las propias Escrituras, donde ciertos nombres —especialmente el Tetragrama (YHWH) — no solo identifican a Dios, sino que expresan su ser, su poder y su presencia activa. Primero es en el texto bíblico, y más tarde en el pensamiento rabínico, donde se establece una distinción entre los diferentes nombres divinos, atribuyéndoles significados teológicos, legales y místicos.
En particular, el Talmud y los primeros desarrollos de la literatura midrásica exploran el uso y la función de los nombres de Dios, entendiendo que cada uno manifiesta un aspecto distinto de su acción en la creación —justicia, misericordia, juicio o eternidad, entre otros. Este enfoque fue profundizado por las escuelas filosóficas judías medievales y halló una expresión sistemática en la cábala, donde los nombres divinos se conciben como vehículos de revelación y como estructuras de mediación entre el Ein Sof (el Infinito) y el mundo manifestado.
La gran novedad de la cábala fue transformar la antigua reflexión sobre los nombres de Dios en un sistema simbólico y místico que describe la estructura misma de la realidad. Mientras que el Talmud, el midrash o la filosofía medieval hablaban de los nombres como atributos o designaciones, la cábala los entendió como códigos cósmicos en los que cada letra participa activamente en la creación. En este marco, el Tetragrámaton deja de ser solo un nombre impronunciable para convertirse en un mapa del paso de lo infinito, al mundo manifestado a través de las sefirot. Además, cabe añadir, que el ser humano adquiere, ahora, un protagonismo decisivo puesto que mediante la oración, el estudio y las buenas obras puede colaborar en la restauración del orden divino, de modo que el lenguaje no solo habla de Dios, sino que lo hace presente y lo vincula con la vida del mundo. En la cábala, el Nombre más sagrado de Dios (YHVH) se mantendrá como el eje inmutable del conocimiento místico y, al mismo tiempo, como el código secreto que revela el proceso de la creación, el enigma de la caída y el camino de retorno a la Unidad divina. Esta visión se proyecta también en la comprensión del ser humano, concebido como un microcosmos en el que las cinco partes del alma —nefesh, ruaj, neshamá, jayá y yejidá— se corresponden con los distintos planos de la realidad. Estos planos son los cinco grandes universos de la tradición cabalística: Adam Kadmón, Atzilut, Briá Yetzirá, Asiá. Cada nivel anímico encontrará resonancia en cada uno de estos universos y en cada una de las letras del Tetragrámaton, de modo que la estructura del alma refleja el despliegue de lo divino en los mundos y, al mismo tiempo, indica la senda de regreso hacia su fuente primera.
Moshe Idel, que en la actualidad, es una de las máximas autoridades en mística judía, y uno de los principales estudiosos de la Cábala distingue tres maneras fundamentales de entender el Nombre de Dios en la tradición cabalística. La primera es la teosófica, desarrollada en la escuela de Girona, en el Zóhar y de forma especialmente clara en el libro Pórticos de Luz de Joseph Gikatilla. En esta cábala temprana, el Nombre —y en particular el Tetragrámaton— funciona como un mapa simbólico de la divinidad y de la estructura del cosmos, de modo que meditar en los distintos nombres de Dios permite al cabalista ascender en grados de conciencia y participar en el dinamismo interno de lo divino. La segunda es la mágica, que concibe el Nombre como una palabra de poder capaz de producir efectos inmediatos en el mundo —curar, proteger o invocar fuerzas— siempre que se pronuncie o se escriba de manera correcta. La tercera, propia de Abraham Abulafia, es la experiencial o extática, aquí el Nombre se convierte en una herramienta de transformación interior que, mediante técnicas de meditación y vocalización, conduce al místico a la unión con Dios hasta el punto de “convertirse en el Nombre”. Para Idel, estas tres lecturas revelan que el Nombre de Dios no tuvo un único sentido, sino que fue símbolo cósmico, palabra eficaz y experiencia transformadora, según las necesidades espirituales y los contextos de cada época.
Finalizo esta exposición con el pensamiento del profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad de Sevilla, José Antonio Antón Pacheco que sostiene que el Nombre YHVH es mucho más que un signo al ser la sabiduría viviente de Dios, la Palabra con la que crea y gobierna el mundo.
Ahora bien, esta sabiduría no se limita a describir la acción de Dios, sino que plantea también una llamada al hombre. Si el Tetragrámaton es la Palabra con la que YHVH transforma el caos en orden cósmico, el ser humano puede colaborar con esa misma dinámica en su propia vida y en la vida colectiva. Participar de la sabiduría significa asumir la tarea de cuidar el mundo, la naturaleza, el lenguaje y la propia existencia, prolongando en lo humano la acción creadora y ordenadora de Dios. De este modo, el Nombre no solo revela quién es YHVH, sino que abre un horizonte ético que nos enseña que vivir según la sabiduría divina es cooperar en el mantenimiento del equilibrio del cosmos, resistiendo al desorden y orientando la existencia y la convivencia hacia la armonía.
Muchas gracias.
Joan-Josep Duran
Móra d’Ebre, 21-05-2026
